top of page
Buscar

Detrás de una apariencia reservada

  • 24 abr 2025
  • 4 Min. de lectura

El primer día de clases suele poner nervioso a cualquier estudiante, despertar con la intriga de no saber a quienes conoceremos, la manera en cómo interactuaremos y qué impresión daremos. Pero es esa interacción la que nos entrelazará a gente de diferentes costumbres, a personas de hábitos inusuales y sobre todo a pensamientos caóticos que serán parte de nuestros logros y nuestro caos.


Fue así como conocí a Diego, a semanas del inicio de clases, era el curso de comunicación y se me acercó buscando satisfacer un interés personal (me pidió prestado un plumón) accedí a darle sin poner peros, pese a no tener un vínculo o una garantía que me permita tener aquello que me pertenece.


Al terminar la clase me acerqué buscando recuperar mi plumón, ¿pero que creen? Lo perdió, al ver mi cara de confusión a punto de fruncir el ceño, se ofreció a pagarme el costo de lo perdido, era lo mínimo que podía hacer hasta ese momento, porque se estaba ganando un enemigo, un eterno rival.


Esa interacción sirvió para volvernos más cercanos, compartimos recreos, almuerzos y salidas con un grupo que formamos en el transcurso de los años. Un grupo de diferentes individuos dispuestos a mostrar su verdadera personalidad, una promoción tan separada que para ponerse de acuerdo, tendríamos que pasar por un juicio que determine el bien y mal. Con solo decir que hubo un conflicto interno en el salón por unas casacas hechas por el mismísimo Mario Irrivaren, pero esa es otra historia que no tiene relevancia con mi compañero pierde plumones.


Si regresamos a recuerdos donde yo no era parte de su vida, nos encontraremos momentos memorables lleno de aventuras con su familia en campo de Marte, el recuerdo con su padre de ir al estadio nacional por el partido de Cristal vs Peñarol, un recuerdo muy sublime para él porque estaba con su papá compartiendo el mismo gusto futbolístico.


Si hablamos de su vínculo más fuerte siempre será su madre, un pilar fundamental donde no imagina una cena sin ella, porque de las cosas hermosas que existen actualmente, su madre es la risa después de un llanto, la calma a sus voces internas, el abrazo en cada mañana y la razón a cada una de sus dudas.

Desde pequeño siempre resaltaba en sus ojos los colores rojo y blanco, no era solo una bandera, mucho menos un color, era un amor genuino que se moldeó con él desde sus primeros recuerdos. Por eso tuvo una idea y junto a su hermano decidieron crear un canal de YouTube, donde a través de esos videos reaccionaban los partidos de la selección.


Lo que comenzó como simples reacciones, se convirtió en una tradición familiar llena de alegría, durante 2 horas de grabación la familia se reunía para celebrar, reír, gritar y cantar eufóricamente cada letra del himno nacional, creando un momento inolvidable de felicidad y unión.


A los 5 años, se enteró que su padre padecía de diabetes, una noticia muy fuerte para un niño de su edad, no entendió la gravedad de esta enfermedad hasta que su hermano mayor le dio una devastadora noticia, sin permitirle procesar la información, comentó que su papá tuvo un paro cardiaco. Con un dolor inmenso, todo indicaba que sería la primera de muchas preocupaciones sobre el cuidado de su padre.


“Si no se sufre no se goza” es lo que suelen decir, pero él no siempre gozaba, “llora desconsoladamente como un niño” solían decir, pero él ya no era un niño y sin embargo lloraba. Se acostumbró a las malas noticias, a las desgarradoras marcas internas que la vida deja, su palabra más repetitiva es que “todo le da igual” pero las personas que lo conocen de verdad saben que es un libro cerrado, donde si profundizas en una conversación, podrías leerle el corazón.


Diego Juarez nació en el 2002, usa lentes, tiene 2 tatuajes: una rosa plasmada en el cuello y una flor con un reloj en el brazo izquierdo, es sensible y cariñoso aunque muestre una apariencia reservada. Trabaja desde los 18 años, abrió un negocio de licores en pandemia junto a su hermano trabajando de madrugada, aprendió a manejar moto, las primeras veces que conducía iba despacio por el temor de chocar con un poste o atropellar a alguien, por eso para él avanzar 5 cuadras era un logro personal.


Una noche, impulsado por la tristeza y desesperación , conducía su moto a alta velocidad sin tomar conciencia de lo que pasaba a su alrededor. En su camino, se cruzó un perro yendo en la misma dirección que él, buscó la manera de girar para no atropellarlo, pero en el intento de evitar un accidente, perdió el control de la moto y dio un giro que logra voltear su cuerpo y sus ideas, las cicatrices dejaron de ser internas, para volverse físicas.


Con el cuerpo adolorido, reaccionó en el suelo y lo primero que hizo fue llamar a su madre, quien sin pensarlo se dirigió donde él. Ese día comprendió que no quería morirse, solo quería dejar de estar mal.


Actualmente, Diego no es Diego, pero no me molesta, estaré en cada faceta de su vida incondicionalmente hasta que recuerde su esencia, pero de no estarlo, le estaré eternamente agradecido por la lealtad hacia mi persona. Con los años, fui de testigo de su lucha interna, su capacidad para escuchar y su determinación para tomar decisiones que no afecten a los que ama, aprendí que de la pérdida existe una ganancia, del error una mejora, y de la amistad una familia.

 
 
 

Comentarios


Imagen de WhatsApp 2025-04-21 a las 22.41_edited.jpg

Hola, ¡gracias por visitarme!

Soy un joven estudiante dispuesto a plasmar en letras lo que me alegra, entristece y emociona.

Recibe todas
las entradas.

¡Gracias por tu mensaje!

  • Facebook
  • Instagram
  • Twitter
  • Pinterest
bottom of page